11.01.2011

III

Recuerdo que nos gustaba visitar a una de nuestras amigas e ir a su casa. Su casa estaba justo al lado de la de sus papás. Su papá, que era francés, solía comer la sopa bebiendo del tazón y con las manos en la medida de lo posible, también solía sentarse con ambos pies sobre la silla: uno apoyando la planta del pie en el asiento y el otro recostando la pierna en el asiento por debajo del otro.

Siempre era igual, tocabamos a puerta de sus padres y los papás se quedaban en esa casa. Mientras mi hermana, mi amiga y yo nos metíamos a su casa de adobe que su papá había construido, él era un francés lleno de sorpresas y talentos. Esta casa estaba muy bien construida, tenía varios cuartos, baño, cocina y comedor; tenía luz y podíamos estar ahí cuanto quisieramos.

Casi todas las memorias son gratas en esa casa y con esa amiga, excepto cuando un día un alacrán la pico dentro de ella. Aunque no estaba ahí y no recuerdo la fecha, recuerdo muy bien la noche en la que sucedió. Mi papá era el único que conocíamos con jeringas y antídoto; por lo que a mitad de la noche sonó nuestra campana de manera violenta. Todos nos despertamos aceleradamente.

Así me tocó ver al francés con actitud serena y ojos preocupados cargar a nuestra amiga, su hija, vomitando y llorando al interior de la casa. En la sala mi papá ya tenía todo listo y la inyectó sin mayor problema.

Depués de ahí la memoria es difusa, pero recuerdo que lo que siguió fue calma y que algunos días después estaríamos jugagando en esa casa de adobe como si nunca hubiera pasado nada.