10.30.2011

II

Cuando vivía en Los Guayabos una de las cosas que más me gustaban era regresar de visitar a la familia, significaba que ya había jugado por horas con mis primos, comido comida de Bita y una que otra golosina. Pero sobre todo, lo que más me gustaba, era el camino: esa sublime transformación de ciudad a bosque, de edificios disminuyendo su tamaño paulatinamente, los caminos encogiendose, el concreto a empedrado.

Disfrutaba mucho el sonido, el cambio en el aroma y mi parte favorita era el último tramo antes de entrar a Los Guayabos... Un empedrado tranquilo que marcaba el sendero de las llantas entre hiervas y pastizales que crecían entre las rocas, una gran muralla del lado derercho del camino, donde se asomaban grandes árboles que regalaban flores todo el año, a veces en las ramas, otras tantas flotando en una danza de bienvenida.

Al final de la ruta estaban los portones de madera más grandes que haya visto, los cuales resguardaban un lugar muy especial. Una vez dentro, a la izquierda estaba la caballeriza donde casi siempre estaba Martín, mi amigo y caballerango, para recibirnos. Unos momentos más adelante a la derecha estaba la casa de eventos, albercas y terraza de la comunidad.

Y finalmente, después de un leve suspiro, llegábamos a nuestro hogar.